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martes, 2 de enero de 2018

¡Siento tanto que no la conocieras!

Realmente lo siento, mi querido nieto, ¡siento tanto que no llegaras a conocerla! Yo la adoraba. En realidad nos tenía enamorados a todos, era realmente mágica. Con ella venía la alegría, ponía de acuerdo a unos y a otros, y lograba la absoluta complicidad de todos cuantos la rodeaban en una especie de conspiración para la felicidad.

Sobre todo a los más pequeños. Siempre hubo excepciones, claro, pero todos los mayores parecían estar obligados por su magia a participar de la más bella y extendida mentira de la que tiene conocimiento la humanidad. Vivíamos en un barrio pobre, feo, y destartalado, apenas teníamos lo suficiente para comer, vestir, e ir al colegio. Sin embargo ella, cuando venía, vestía con un manto blanco los solares, y la miseria. Pocos, y pobres, pero traía regalos y manjares especiales, al menos para nosotros, aunque en otros barrios apareciesen cada día en cada mesa. Todos parecían querer disfrutar, cicatrizar viejas y recientes decepciones, y durante unos días vivir un periodo de tregua con la realidad.

Luego, sin previo aviso, un año la nieve no cayó. El frío no acabó de llegar, el Sol salía todos los días, y brillaba cada vez con más fuerza. De Oriente solo llegaban noticias tristes, de guerras, y emigración. Y de Laponia, ni siquiera teníamos noticias, aunque bien es verdad que, en aquellos tiempos, aquí sabíamos muy poco de Laponia y de su enviado en estas fechas. El caso es que, aún brillando el Sol, todo empezó a parecer más gris, menos alegre, pareció que desaparecían la magia y la alegría consensuadas. Ella nos había abandonado.

Harta de acusaciones, terminó por decidir no volver. Harta de que la acusaran de ser un invento consumista, harta de ser para unos solo una mentira que suponía el supuesto advenimiento de un Mesías, un nacimiento erróneo, una fecha equivocada… Harta de que otros la consideraran triste, porque habían desaparecido seres queridos para ellos, casi como si hubiera sido ella quien les hubiera asesinado, y como si el resto del tiempo no tuvieran que recordar a esos seres queridos. Harta también de que, ciertamente, la utilizaran los de siempre para lanzar mensajes de falsa felicidad con el único objetivo de vender todo aquello que proporcionaba más falsa felicidad. Harta de haberse convertido en un objeto, de que nadie apreciase ya su magia, que solo sobrevivía entre los niños, y no entre todos. Harta de ser el blanco de todas las excusas, y de todas las acusaciones, como si ella tuviera la culpa de cuanto pasaba en el mundo, y que también pasaba el resto del año. Ella, harta de todo, dejó de venir, y la perdí, la perdimos.

A ella, a mi Navidad. Esa que no tenía nada que ver con que hubiera nacido un Mesías, ni con la Iglesia que la había inventado, ni con los grandes almacenes que la prostituían. Ella, mi Navidad, dejó de venir. La que embellecía mi barrio, hacía más amables a mis vecinos, y proporcionaba esa tregua de tiempo y espacio relativos, que aunque ya se que no lo eran para todo el mundo, a muchos nos regalaba felicidad, y relajación. Te aseguro, querido nieto, que ella tenía que ver con la magia de verdad, porque solo la magia es capaz de hacerte creer en ella misma, de poner de acuerdo a millones de adultos, fríos, tristes, y cansados, para sostener una mentira de ilusión de tal magnitud. Una mentira que se producía sobre todo en aquella noche ajena a este Universo, llena de excitación y esperanza, de huida a otro mundo mejor, en el que la complicidad entre padres e hijos, adultos y niños, convertía la magia en vida, y la vida en magia. La noche de teatro más hermosa de todas.

Siento, de veras, que no llegaras a conocer mi Navidad, queridísimo nieto, porque no haber conocido esa magia, aunque mas tarde descubrieras que era una hermosa mentira, solo nos reafirma en el sentimiento de que toda la magia es mentira. Tal vez te suene absurdo, pero de haberlo vivido tendrías esperanza, sabrías con seguridad que en aquellos momentos, mientras creías en ella, la magia era absolutamente real.

Y si fue así siempre quedará la esperanza de volver a creer en ella, en vivirla, y crearla. ¡Hacer magia! Siento mucho que no hayas conocido a mi Navidad, querido nieto. La Navidad de tu abuelo, rojo, ateo, y enamorado de la Navidad.